jueves, 16 de octubre de 2008

Armando Discépolo

Armando Discépolo, creador del "grotesco criollo" teatral, fue el mayor de los cinco hijos de Enrique Santos, un napolitano que llegó a la Argentina antes de cumplir 20 años y que dirigió la primera Banda Municipal, componiendo también el tango "No me arrempujés, caramba". La casa de los Discépolo estuvo signada por la vocación artística de la familia, a tal punto que uno de los mayores dramaturgos argentinos, si no el mayor (Armando) y uno de los mayores autores de letras de tango (su hermano Enrique Santos, "Discepolín") surgieron de ese hogar.

Desde sus primeros años Armando manifestó pasión por el teatro. Pero a los 18, cuando muere su padre, decide dedicarse por entero a la profesión. Tuvo la buena fortuna de que Pablo Podestá, el actor más importante del momento, se entusiasmara y aceptara interpretar su primera obra teatral: "Entre el hierro". Fue un éxito. A partir de entonces, Discépolo escribió a razón de una o dos piezas por año, entre las que se destacan "La torcaza", "El novio de mamá", el vodevil "La espada de Damocles" y "El movimiento continuo". En esta última aparece por primera vez la palabra "grotesco" en la escena nacional: corría 1916 y faltaban seis años para que en el país se conociera a Luigi Pirandello (lo que desmiente la versión de que el grotesco criollo sea hijo del genial autor teatral siciliano). Luego llegaron sus obras más reconocidas: "Mustafá", "Giácomo", "Muñeca", "Babilonia", "El organito", "Stéfano", "Cremona" y "Relojero", escritas entre 1921 y 1934. Todas ellas comparten atmósferas depresivas y la exaltación de las contradicciones de sus protagonistas, que -tras una máscara de absurda comicidad- sobrellevan un profundo dolor y viven aferrados a un tiempo avasallado por el "progreso" que los asfixia.

Discépolo supo mostrar las miserias de un orden social muy despiadado e injusto a través de la pintura de la vida cotidiana de humildes, fracasados e inmigrantes, creando el "grotesco criollo", primera y más auténtica expresión del teatro nacional. En 1934 pone en escena "Relojero", que fue la última que escribió, ya que a partir de allí se dedica a la dirección y a empresas de aliento cultural. Eligió obras de Payró, Tolstoi, Somerset Maugham, Chéjov, Bernard Shaw y Shakespeare, y dirigió a todos los actores de su tiempo. La muerte lo acomete en plena actividad, a pesar de sus 83 años, el 8 de enero de 1971.

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