martes, 22 de julio de 2008

Haikus


Mi corazón
Trata de olvidarte,
Pero no puede

martes, 15 de julio de 2008

Los vecinos mueren en las novelas

Reseña sobre "Los vecinos mueren en las novelas", un tétrico relato lleno de suspense e intriga que marcó la carrera de Sergio Aguirre, siendo recién su segunda obra publicada.

"Porque todo comenzará así: un hombre que tiene por costumbre visitar a sus nuevos vecinos llega a la casa de una anciana absolutamente desconocida. Él mismo no sabe, hasta que llama a la puerta, que ha decidido matarla".

Así dice la frase preámbulo de la contracubierta de la edición, publicada por editorial Norma, del segundo de los libros del escritor cordobés Sergio Aguirre. En este libro sobresale nuevamente la característica que predominó en su obra anterior: la capacidad de contar historias escalofriantes y aterradoras unidas por un delgado hilo que las conecta entre sí, en un mismo ambiente cargado de suspense y sospechas en el cual se lleva a cabo toda la obra.

Particularmente considero a Sergio Aguirre uno de los mejores escritores que he leído jamás. Sus obras están llenas de todo lo que uno espera encontrar en un buen libro, especialmente para los amantes de los cuentos policiales, fantásticos, de terror, etcétera. Porque la ciencia que caracteriza sus relatos es exquisita, y abunda en descripciones y retratos alucinantes.

En "Los vecinos mueren en las novelas", el autor juega con una sorprendente y bien seleccionada colección de pequeños relatos que abordan un misterio en común, pero indefinido, que sólo se aclara completamente, y acaba de unir a cada historia entre sí, en la última página: se trata de la historia de una mujer que, viajando en tren, escucha el aterrador relato de una joven que se encuentra desesperada. La trama nos lleva hasta el momento de la terrorífica historia de la joven, y luego de vuelta al tren. Y lo más curioso es que esta mujer que escuchó cada palabra de la joven es la misma anciana que años adelante le contará la historia a su nuevo vecino.

Pero no termina ahí: otra serie de historias, todas ellas relacionadas, empiezan a relatarse en la casa de la anciana. Muchas de ellas presentan otros puntos de vista de la historia de la joven -como por ejemplo el del siniestro vecino de al lado- y el lector empieza a dudar sobre la autenticidad de estas historias, porque en la casa de la anciana señora Greenwold se está desencadenando una batalla entre las historias de esta mujer y su vecino, que casualmente es escritor, por ver quién relata una historia, una anécdota, que atemorice más al otro.

Finalmente, la tensión se agrava hasta el punto en que las historias empiezan a venir con amenazas de muerte, como por ejemplo la historia en que el hombre que tenía por costumbre visitar a sus nuevos vecinos, decide visitar a su nueva vecina. Y en una serie de historias aterradoras de tiempos pasados... decide matarla.

El autor

Sergio Aguirre nació en la provincia de Córdoba (Argentina) en el año 1961. Es escritor y psicólogo. Su primer libro, “La venganza de la vaca”, ganó el Accésit del Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma-Fundalectura 1998. “Los vecinos mueren en las novelas” (2000) es su segunda obra, y “El misterio de Crantock” la última hasta el momento.

Sinopsis

“Los vecinos mueren en las novelas” comienza con un escritor de novelas policiales que se muda con su esposa a una tranquila casa lejos de la ciudad, en un páramo prácticamente deshabitado. Este hombre sospecha algo de su esposa, quién siempre debe "salir corriendo" a ver a su padre. Entonces, en una de sus salidas, este hombre se dirige a visitar a su nueva vecina (prácticamente la única por los alrededores) dónde ella lo invita a tomar té y hablar un rato. Y entonces empieza el horror: comienzan a contarse historias verdaderamente perversas, y este escritor poco a poco libera todos sus sentimientos y preocupaciones, narrando historias supuestamente reales de acontecimientos que cuenta sin mencionar nombres ni fechas, y poco a poco, a medida que avanza la historia, que nos mantiene permanentemente pegados al libro desde el principio hasta el final, vamos armando este increíble rompecabezas y descubriendo los mensajes subliminales...

Comentario final

Si bien son muchos los vecinos y son muchas las historias, y todo pasa en una sola novela, cuyo título acaba sorprendiéndonos al final, al igual que el de su primera obra, "La venganza de la vaca", Sergio Aguirre ha sabido narrar una historia que a pesar de sus increíbles hechos no se despega de la línea de suspense que comprende cada página, y todas las preguntas sólo abarcan interpretaciones y suposiciones, hasta la última palabra del libro, y recién ahí entenderemos completamente la historia.

lunes, 14 de julio de 2008

El loro pelado Horacio Quiroga




Había una vez una banda de loros que vivía en el monte.De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después, se pudren con la lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comer guisados, los peones los cazaban a tiros.
Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los hijos del patrón, los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota. El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y con el pico les hacía cosquillas en la oreja.Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía con el pico y las patas por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar. Decía: "¡Buen día. lorito!..." "¡Rica la papa!..." "¡Papa para Pedrito!..." Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o'clock tea.
Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:-"¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica papa!... ¡La pata, Pedrito!..."-y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.-¿Qué será?-se dijo el loro-. "¡Rica, papa!..." ¿Qué será eso?... "¡Buen día, Pedrito!..."El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún miedo.
-¡Buen día, tigre!-le dijo-. "¡La pata, Pedrito!..."
Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene le respondió:-¡Bu-en-día!
-¡Buen día, tigre! -repitió el loro-. "¡Rica papa!... ¡rica papa!... ¡rica papa!..."Y decía tantas veces "¡rica papa!" porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre.-¡Rico té con leche!-le dijo-. "¡Buen día, Pedrito!..." ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y además, como tenía a su vez hambre se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:-¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy sordo!El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca del suelo.-¡Rica papa, en casa! -repitió, gritando cuanto podía.-¡Más cer-ca! ¡No oi-go!-respondió el tigre con su voz ronca.El loro se acercó un poco más y dijo:-¡Rico té con leche!-¡Más cer-ca toda-vía!-repitió el tigre.El pobre loro se acercó aun más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto, tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola.-¡Tomá! -Rugió el tigre-. Andá a tomar té con leche...El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor; con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:-¿Dónde estará Pedrito?-decían. Y llamaban: ¡Pedrito! ¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a llorar.Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.-¡Pedrito, lorito!-le decían-. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacía sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que había pasado: Un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento cantando:-¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al Tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.Entonces el loro se puso a gritar:-¡Lindo día!... ¡Rica papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té con leche?. ..El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esa vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:-¡Acer-ca-te más! ¡Soy sor-do!El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:-¡Rico, pan con leche! ... ¡ESTA AL PIE DE ESTE ÁRBOL ! ...Al oír estas últimas palabras, el tigre, lanzó un rugido y se levantó de un salto.-¿Con quién estás hablando?-bramó-. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?-¡A nadie, a nadie!-gritó el loro-. "¡Buen día, Pedrito! ... ¡La pata, lorito! ... "Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con la escopeta al hombro.Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:-"¡Rica papa! ... " ¡ATENCIÓN!-¡Más cer-ca aun!-rugió el tigre, agachándose para saltar.-¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO VA A SALTAR!Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenía el cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un bramido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado-¡y bien vengado!-del feísimo animal que le había sacado las plumas!El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.-¡Rica papa!... -le decía-. ¿Querés té con leche?. ¡La papa para el tigre!...Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.




Micaela Szejman 2* J

domingo, 13 de julio de 2008







Esta es una historia atrapante y divertida. Su autor, Sergio Aguirre, nació en Córdoba, Argentina, en 1961. Recibió el Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma-Fundalectura 1998 por su primer novela, "La Venganza De La Vaca".
"Los vecinos mueren en las novelas" es su segunda novela. Este título deja con intriga, y nunca esperarás lo que va a ocurrir, y ése es uno de los aciertos del autor.
Esta novela se trata de una pareja que se va a vivir al campo y la mujer con la excusa de que va a visitar a su padre, se va a encontrar con su amante. Mientras tanto, el hombre va a visitar a su nueva vecina, una viejita. Pasan toda la tarde contando historias y conociendo la vida del otro. Blond era escritor y por eso le gustaba contarle relatos y uno de los que le contó era sobre una pareja que se va a vivir al campo y la mujer dice que se va a visitar a su papá, que está en el hospital, pero el hombre sabe que es mentira, que se fue con su amante. El hombre va a la casa de su nueva vecina, una anciana y pasan la tarde contando relatos y la ansiedad de matarla es cada vez más grande hasta que la mata.
Frente a este relato, la anciana comienza a tener miedo.
Esta atrapante historia te va a dejar sin un minuto de descanso, no vas a poder dejar de leer porque tenés que saber lo que va a pasar.









una pregunta si alguien sabe para que dia es la comprencion de lectura de los vecinos mueren en las novelas si dieron fecha! plis avisenme



mica szejman

sábado, 12 de julio de 2008

Novela policial Rosaura (resumen)



Marco Denevi

Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó si haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escirto que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.

Micaela Szejman
2ºJ

Concepto de cuento

Se sabe que las definiciones concretas son complicadas en el ámbito de la literatura. Cuando un autor se dispone a escribir, trata de no limitarse por los géneros o las reglas, más allá de aquellas imprescindibles para que el texto tenga la calidad que se merece.
A grandes rasgos, el concepto de cuento supone una narración breve de hechos imaginarios. Cuenta con un grupo reducido de personajes y con un argumento no demasiado complejo. Sus características hacen que la distancia entre un cuento y una novela corta sea bastante corta. Por eso, el argentino
Julio Cortázar ha definido a la novela corta como un “género a caballo entre el cuento y la novela”.
El cuento, en definitiva, se caracteriza por su economía de recursos narrativos. Pueden mencionarse dos grandes tipos de cuentos: el cuento popular y el cuento literario.
El cuento popular es, generalmente, una narración tradicional que se transmite en forma oral de generación en generación. Suelen existir diferentes versiones de un mismo cuento, que mantienen una estructura similar pero que presentan diferentes detalles. El mito y la leyenda, por ejemplo, también son considerados como narraciones tradicionales, aunque constituyen géneros diferentes.
El cuento literario, también conocido como cuento moderno, es aquel relato que se concibe a través de la escritura y se transmite de la misma forma. A diferencia de muchos cuentos populares, el autor suele ser diferenciado y conocido. Entre los primeros cuentos escritos en castellano puede mencionarse a “El conde Lucanor”, una colección escrita entre 1330 y 1335 por el infante
Don Juan Manuel.
En su extenso desarrollo histórico, el cuento ha generado numerosos subgéneros. Así nos encontramos con cuentos infantiles (como
“Caperucita roja”, de Charles Perrault), cuentos policiales (“Los crímenes de la calle Morgue”, de Edgar Allan Poe), cuentos fantásticos (“La pata de mono”, de W.W. Jacobs), cuentos de terror (“La llamada de Cthulhu”, de H.P. Lovecraft) y hasta microcuentos o microrrelatos (como aquel de Augusto Monterroso que señala: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”).
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Para mi un cuento seria dejar llevar tu imaginación a travez de la lectura,vos imaginarias que podria pasar como serian los personajes,caracteristicas uno le da vida al cuento uno lo interpreta de su forma.

Micaela szejman
2ºJ

''En la cripta'' por Howard Phillips Lovecraft

Soy amante de los cuentos de terror, y pense que estaria bueno subir al blog uno de los cuentos que mas me gusto:
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Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la sicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes.
Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se habría estremecido de haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente, tosco de temperamento y profesión... bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto.
No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado. Supongo que puede empezar en el frío diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera. Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue imposible dar a todas las cargas inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del oxidado cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente abandono.
Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch, aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso, por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana. Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enormemente a George Birch.
La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde, tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez Capwell bajo su lápida.
La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con él, Birch no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su camino, buscando la caja de Fenner.
Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo, empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su cabeza virtualmente ninguna, así que se vio obligado a un profano palpar mientras hacía un trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó por qué el enorme portón se había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia desidia.
Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en aquellos momentos a algún caminante hasta las cercanías, debería quedarse allí toda la noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio a ciegas.
Cuando se cercioró de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó alrededor otra forma de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo -que Birch apenas se molestaba en utilizar- no permitían trepar hasta encima de la puerta. Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso, permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible. Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.
Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor, pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que podría ser colocado en lo alto en caso de que tal forma de escape necesitase aún mayor altitud. Y, de esta forma, el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaron a rajarse bajo el esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construido ataúd del pequeño Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como a través de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente junto a otra en el tercer piso.
Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego, Birch ascendió cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible.
Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto, ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro de que podría tenerlo listo a medianoche... aunque era una característica suya el que esto no contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el lugar y la compañía que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra, maldiciendo cuando lo alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fue lo bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.
Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y se sentó un momento en la caja del fondo a tomar fuerzas para el esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso, especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga.
Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la abertura, trataba de auparse cuando notó un extraño impedimento en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo.
El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda, respondió a sus débiles arañazos en la puerta.
Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin, a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada coherente, sino simplemente musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame" o "Encerrado en la tumba". Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban espantosamente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros lacerados, vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible.
Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba seguro -absolutamente seguro- de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último, cómo el vengativo granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.
Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más, añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como pudiera y en no dejar que otro médico tratase sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices -antiguas y desvaídas como eran- convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la cojera de su espíritu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como "viernes", "tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que trataba de aliviar.
Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio. La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por antiguas ordalías en salas de disección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo.
-¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de incisivos superiores... ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un rostro... ya sabe que era como un demonio vengativo... cómo arruinó al viejo Raymond treinta años después de su pleito de lindes, y cómo pateó al perrillo que quiso morderlo el agosto pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera fijado en mí!
-¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no le reprocho que le diera un ataúd de segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí, pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner.
-Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte, porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto y todo estaba desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos, Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor... ¡Esos tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner!
Mi papá leyó Rosaura la primera vez cuando estaba en el mismo año que yo de la secundaria.
Lo volvió a leer en la edad de 24 años. Cuando se enteró que yo lo tenía que leer también me dijo que a él le gustó mucho el libro, que era una novela muy interesante y muy linda.
Tengo que decir que tenia razón, por que a mí también me gustó mucho.

Como se conocieron Rosaura y Camilo Canegato

Se conocieron por medio de que el viudo le pidio a Camilo que restaurar el cuadro de su difunta esposa, mientras Camilo lo restauraba sintio una sensacion de que alguien lo miraba, se dio vuelva y Rosaura estaba ahi.
Se comunicaron por medio de ''Cartas''. Que las escribian el martes, se veian el lunes cuando el iba a la casa, y le llegaban a Camilo el dia miercoles.
La flia de Rosaura se oponian a esta union ya que decia que Camilo no le podia ofrecer nada a cambio.

lunes, 7 de julio de 2008

Entrevista




David Frank
alumno de Ort
Tiene 14 años. Lo leyó cuando tenía 13 años .
Su personaje preferido era: "Rosaura porque me parecía muy audaz ".
"Me gustó mucho la parte de la declaración de la señorita Eufrasia."

micaela szejman
2ºJ

miércoles, 2 de julio de 2008

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

mica szejman
2ºJ

miércoles, 25 de junio de 2008

Tarea!

Hola a todos, Queria pedirles si alguien puede decirme de qué cuento del libro "Cuentos policiales argentinos" es la tarea para el día 26 de Junio?...
Es que estaba en los tefilim y copié todo pero no sé de qué cuento es o en que pág está....
Les agradezco!

Suerte a todos!

lunes, 23 de junio de 2008

Rosaura A Las Diez


La novela de Denevi había ganado el premio Kraft en 1955, y a Soffici le interesó trasladarla al cine desde el momento en que la leyó. Pero sus intenciones eran las de crear un texto fílmico diferente al texto literario, y de continuar con los elementos creativos que había incorporado en Barrio gris. Para esto trabajó en conjunto con Denevi para desarrollar el guión, pero éste no quedó contento con el resultado. Además de esto, Soffici debió enfrentar la posibilidad de que le impusieran a Mirtha Legrand como protagonista, cosa que no sucedió.



Marco Denevi


Marco Denevi nació en Buenos Aires en 1922. Su primera y siempre recordada novela, Rosaura a las diez, obtuvo el Premio Kraft en 1955, iniciándolo en el camino de la literatura. Posteriormente recibió el Primer Premio de la revista Life en castellano en 1960 por la nouvelle Ceremonia secreta, y el Premio Argentores en 1962 por El cuarto de la noche. A partir de allí, conquistó un justo prestigio internacional basado en una obra profunda y deslumbrante. También quiso ser dramaturgo. Los Expedientes, obra estrenada en el teatro Cervantes, recibió el Premio Nacional de Teatro. Siguieron después otras obras -El emperador de la China, Cuando el perro del ángel no ladra-, pero Denevi dijo haberse dado cuenta de que no tenía otras condiciones para el teatro que las propias del espectador de obras ajenas, y no volvió a insistir. Desde 1980 practicó el periodismo político, actividad que, según él, le ha proprocionado las mayores felicidades en su oficio de escritor. Murió en la Ciudad de Buenos Aires el 12 de diciembre de 1998.

viernes, 20 de junio de 2008

Baker street 221 "B"


Tenía 18 años cuando estaba haciendo el viaje de mi vida, justo después de haber terminado la secundaria, viajé en avion con amigos y estaba recorriendo las principales capitales de Europa.
Dio la casualidad que el día que decidí pasear solo por Londres iba caminando por Baker Street y de la nada veo un cartel que dice : " Baker Street 221 "B", Sherlock Holmes, detective pribado ". Primero pensé que era una buena broma pero luego miré a mi alrededor y estaba sumegido en el Londres de los años ´30.
No sé de dónde junté el valor, pero toqué la puerta y no pude creer lo que vi...un anciano de alrededor de 75 años con un sombrero de cazador y una pipa, que me dijo: "Mi querido Marcos, te estaba esperando" y me invitó a pasar.
Me senté en un sillón muy antiguo, y me dijo: " Hoy quise enontrarme contigo porque quiero que seas mi sucesor".
Me quedé atónito."Ese fue el mejor halago que escuché en mi vida", dije." Pero para eso quiero que me cuentes un poco más acerca de un caso, que creo que fue el más original.", agregué.
"Dilo", me contestó.
"Acerca de La liga de los pelirrojos, ese caso esuvo muy bien pensado por los criminales, y tuvo una gran puesta en escena, quiero saber si te costó."
"Para serte sincero ese fue el más difícil, pero mi caso favorito es La marca de los cuatro porque allí es cuando Watson se casa."
"pero volviendo al tema, todo esto es muy fácil para ti pero,¿cómo haré yo para seguir tus pasos?" cuestioné.
Y lo último que le oí decir fue... "Elemental mi querido ..."
De repente, aparecí nuevamente en el Londres del siglo XXI, dentro de una cabina telefónica. Todo ese viaje no pude dejar de recordar el último caso que Holmes resolvió: La aventura del fabricante de colores. Y en el último día del viaje, por arte de magia, recordé el nombre de mi peor enemigo, Juan Moriarty.

jueves, 12 de junio de 2008

Consulta

¿Paula me podrías pasar de nuevo el email que me diste para que me mandes ejercicios?


jueves, 29 de mayo de 2008

Cuento hecho por mí

Mi papá se había ido a trabajar como todas las mañanas. Mi mamá estaba de viaje, no sé bien por qué pero tampoco me interesa mucho saberlo. En fin, mi hermano y yo esperábamos a que él llegara para que cocinara. Lo extraño era que se hacía tarde y él no llegaba, obviamente yo no parecía preocupado por mi hermanito Marcos, no quería asustarlo si algo malo había pasado.
Esperé un poco más, bueno en realidad bastante más, ¡una hora! Al pasar ese tiempo, con Marcos ya dormido llamé a mi mamá, la cual no contestó, yo creo que por la larga distancia...no sé.
No les voy a mentir, estaba muy preocupado.
A pesar de que yo era mayor no tenía la edad suficiente para salir a la noche a buscar a papá. Así que no tuve otra opción que esperar en la cama.
Al día siguiente lo busqué por toda la casa, pero no, no había rastro de él.
La desesperación me estaba matando, no sabía qué hacer, tenía mucho miedo...
Le dije a mi hermanito que papá se había ido de viaje y que solo me lo había dicho a mí.
Lo llevé al colegio. Pero yo no me quedé, fui a buscar a papá.
En el camino me pasó de todo. Primero me robaron la billetera y mi teléfono, pero eso no me detuvo, estaba decidido a encontrarlo.
De repente un manto de niebla blanca, me cubrí hasta la nariz, solo se me veían los ojos, parecía que se había caído el cielo. Seguí caminando con precaución y temor por no saber con qué me podía encontrar.
Escuché un ruido espantoso como de satisfacción. Me acerqué hacia el sonido chillón...

¡Fue horrible! Me quedé completamente mudo. Alguna vez escucharon la frase "¿los ratones te comieron la lengua?"...Bueno, de verdad sentí que me habían comido la lengua, no podía emitir ningún sonido. Me quedé sin habla.
Cuando me volvió el aliento estallé en lágrimas. " ¡¡Papà!!", grité, no es justo, no es justo, no es justo, repetí eso tres veces más.
Al lado de su cuerpo había un cuchillo, mi billetera y mi teléfono.
Valentina Mainardi
FIN

entré

Holaa,,finalmente pude entrar y subir algo al blog!! jeje voy a subir muchas cosas!
Una pregunta...hay tarea para el miércoles??

domingo, 25 de mayo de 2008

Los vecinos mueren en las novelas


El autor de esta novela, Sergio Aguirre, nació en Córdoba en 1961, y además de ser escritor es psicólogo.
Su primer libro, “La venganza de la vaca”, ganó el Accésit del Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma. Ésta es su segunda novela.
“Los vecinos mueren en las novelas” se trata de una extraordinaria obra de misterio, suspenso y terror.
Jhon Bland, el protagonista de esta historia, es un escritor de novelas policiales al que no le va muy bien. Además su esposa tiene un amante, lo que hace que las cosas no mejoren.
La pareja vivía en Londres y deseaba estar en un lugar tranquilo, es así como decide ir a vivir a las afueras de la ciudad. Jhon creía que viviendo en el campo se solucionarían todos los problemas que tenían en la gran ciudad. Pero ya el primer día, sin siquiera haber desempacado las cosas, su esposa le dice que su padre llamó y necesita ir a Londres para ayudarlo. Él enseguida se dan cuenta que las cosas no resultaron como las esperaban, y que ella va al encuentro de su amante.
Como no tiene qué hacer en su nueva y abandonada casa, Jhon decide ir a visitar a su nueva vecina: “Cada vez que se mudaba de casa, Jhon Bland tenía la costumbre de ir a presentarse ante sus nuevos vecinos. Así lo habían hecho siempre sus padres, y le parecía que si no relizaba esa visita de cortesía, algo faltaba para terminar de establecerse en su nuevo hogar”.
La vecina, una humilde anciana, le pregunta de qué oficio trabaja. Jhon le cuenta que es escritor y al no estar inspirado le pide que le cuente alguna historia policíaca.
A medida que la anciana avanza en su historia, el frustrado escritor empieza a sospechar si la terrorífica historia que está escuchando es realmente ficción o es real y comienza a temer por su vida.
Esta novela es de esas novelas que fueron escritas para leerlas en una de esas noches lluviosas y solamente usted en su deshabitada casa.
Está escrita en 3ª persona pero a la vez hay partes que el narrador es protagonista y esto puede hacer confusa su lectura. Otro problema que pueden encontrar los lectores de esta extraordinaria obra es que de vez en cuando se va mucho por las ramas y hace que se pierda el hilo de la historia.
Este libro es para aquellas personas que les encanta la ficción y el misterio combinados con terror. Está dirigida especialmente para chicos de 10 u 11 años en adelante porque es muy realista y eso atrapa a los lectores jóvenes.
Así que si está pronosticado tormenta, vaya corriendo a la librería más cerca de su casa para comprar esta magnífica obra.


Mica Szejman

miércoles, 21 de mayo de 2008

Biografía Arthur Conan Doyle


Biografía
Arthur Conan Doyle nació el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo, Escocia. Hijo del inglés Charles Altamont Doyle, y de la irlandesa Mary Foley.1 A los 8 años de edad, fue enviado a la escuela Romana Católica. Luego fue a la universidad Stonyhurst, pero dejó sus estudios al poco tiempo, en 1875. Para esa época, a pesar de su formación, el abandono el Cristianismo y se convirtió en agnóstico.
Desde 1876 hasta 1881 estudió medicina en la Universidad de Edimburgo. Mientras tanto, dedicaba parte de su tiempo a escribir historias cortas; su primera publicación fue en el diario Chambers, antes de que el cumpliera 20 años.2 Para ese año, se recibió como médico naval. Pero recibió su doctorado cuatro años después.
En junio de 1882, se mudó a Portsmouth. Estando ahí, instaló una clínica. Al principio no le fue muy bien con la clínica, por lo que en su tiempo libre comenzó otra vez a escribir historias. Su primer trabajo significante fue "Un Estudio en Escarlata", en donde aparecía por primera vez Sherlock Holmes, un personaje en el que se basó en un profesor de la universidad de ingeniosa habilidad para el razonamiento deductivo.
Mientras vivió en Portsmouth él también jugó al rugby profesionalmente en Portsmouth Association Football Club. Doyle jugó 10 partidos en total, entre 1900 y 1907. Su máxima anotación fue de 43, contra London County. Fue también el primer portero en la historia del equipo de fútbol de la ciudad, equipo conocido con el diminutivo de "Pompey".
En 1885, se casó con Louisa (o Louise) Hawkins, conocida como "Touie", quien sufrió de tuberculosis y murió el 4 de Julio de 1906. Con ella tuvo dos hijos, Mary Louise (1889) y Alleyne Kingsley (1892 – 1918). Un año después contrajo matrimonio con Jean Leckie, una chica a la que había conocido, y de la cual se había enamorado en 1887, pero que debido a su matrimonio con Louisa no había concretado nada. Con Jean el tuvo tres hijos más, Jean Lena Annette, Denis Percy Stewart (1909 – 1955), y Adrian Malcolm.
En 1891, se mudó a Londres para practicar como oftalmólogo. En su biografía, luego aclaró que ni un solo paciente entró a su clinica. Por lo tanto, esto le dio más tiempo para escribir.
En noviembre de ese año, le escribió a su madre que quería "matar a Sherlock Holmes, ya que estaba gastando su mente", a lo que su madre respondió que "la gente no lo iba a tomar de buena forma". Entonces de esta manera, él decidió dedicarle más tiempo a cosas más "importantes", como sus novelas historicas.
Para 1900, el escribió su libro más largo, La guerra de los Bóers. Ese mismo año, se presentó como candidato para la Union Liberal pero a pesar de que era un candidato muy respetado, no fue elegido.

Fichas de Sherlock Holmes


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Selden:

Es un prófugo. Es el asesino de Notting Hill. No tiene ninguna relación con los Baskerville, pero sí con los Barrymore. Es el hermano menor de la Sra. Barrymore. Esperaba afuera de la mansión Baskerville, cerca del páramo.
Porcentaje para ser acusado: 90%
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Laura Lyons:

Es la hija de Frankland. Se casó con un estafador. Se escribía cartas con Sir. Charles. No se presentó a la cita que había arreglado con Sir. Charles el mismo día en el que él falleció.
Porcentaje para ser acusada: 85%

martes, 20 de mayo de 2008

Abuela en problemas

TEXTOS A PARTIR DE "A la deriva" de Horacio Quiroga. El hombre o mujer frente a una lucha actual, con algún artefacto o con algún elemento cotidiano.

Un viernes a la tarde en el living del 4º B estaban hablando Doña Pepa y Doña Clotilde como todos los viernes, se juntaban a chusmear. Era la casa de Doña Pepa, quien era una señora vieja de aproximadamente 115 años, (en realidad eso es un misterio). Todo lo que sé es que vivía en el edificio desde el primer día. Justo este viernes estaban hablando del nuevo ascensor: "Mirá que te avisé que no votes en la reunión de consorcio, ahora no lo sabés usar", dijo doña Clotilde.
"Yo no entiendo como los del primero A lo manejan tan rápido", dijo Doña Pepa.
"Pero cómo puede ser que no te hayas acostumbrado, ya pasaron 20 años desde que lo pusieron " agregó Clotilde.
"Un día de estos voy a hacer venir a mi bisnieto para que me explique".
"¿¿A vos te parece hacer venir a tu bisnieto??, mirá que ya tiene 30 años y está casado", suspiró Clotilde.

lunes, 19 de mayo de 2008

Marco Denevi


Marco Denevi,
LA NACION LINE 13.12.98

Marco Denevi, escritor agudo e irónico, murió a los 76 años
El autor de "Rosaura a las diez" falleció ayer en esta ciudad, víctima de una larga enfermedad; la originalidad de su obra le valió el reconocimiento internacional
Cuentista brillante, pensador agudo e irónico, hombre retraído de las fiestas literarias, Marco Denevi, fallecido ayer a los 76 años, se abrió paso en las letras argentinas hasta ocupar un lugar relevante por la originalidad y la madurez de sus obras, y no por la publicidad personal, a la que era particularmente reacio.
A los 33 años, irrumpió en el mundo literario con "Rosaura a las diez", una novela policial en la que introduce el perspectivismo, por el cual cada protagonista narra la misma historia desde su propio enfoque, su particular punto de vista.
Un jurado de excepcional nivel -Rafael Alberto Arrieta, Roberto F. Gisuti, Frida Schultz de Mantovani, Alvaro Melián Lafinur y Manuel Mujica Lainez- reparó en la narración sorprendente de un escritor primerizo, un abogado que se desempeñaba en el área legal de la Caja Nacional de Ahorro Postal.
Ese jurado le otorgó el premio Kraft, que tuvo una enorme repercusión en los medios periodísticos y en muchos ámbitos de la sociedad.
Pocos años después, en 1960, el cuento "Ceremonia secreta" ganó entre 3000 concursantes el premio de la revista Life en español para escritores latinoamericanos.
Ese relato fue traducido al inglés, al francés, al italiano, al japonés y a otros idiomas, y en 1968 fue llevado al cine por Joseph Losey, en Hollywood. La versión cinematográfica fue protagonizada por Elizabeth Taylor, Robert Mitchum y Mia Farrow.
"Rosaura a las diez" también fue llevada al cine por Mario Soffici en una versión en la que se destacaron Susana Campos y Juan Verdaguer.
El Kraft y el Life, que lo hicieron conocido en el país y en el mundo, fueron los únicos premios a los que se presentó Denevi. Recibiría muchos otros, como el de la Comisión de la Manzana de las Luces, que le llegaron sin buscarlos.
Música y lecturaMarco Denevi había nacido en Sáenz Peña, provincia de Buenos Aires, el 12 de mayo de 1922. Desde chico sintió una fuerte vocación por la música -tocaba muy bien el piano- y la lectura.
Cuando se incorporó a la Academia Argentina de Letras, en 1987, agradeció a sus padres que en sus manos de chico "depositaron un billete de un viaje que desde entonces no ha dejado de emprender: el de la lectura, con un atracón, a los 12 años, de Stevenson, Dumas, Pérez Galdós..."
En sus artículos periodísticos, en los que enfocó con coraje y fervor ciudadano problemas de la sociedad, como las fallas en la representación política, la corrupción, la burocracia o los excesos de "viveza criolla", dejó traslucir su respeto por valores que vio vivir en su casa y en el medio circundante y cuya erosión y decadencia en la vida argentina no dejó de lamentar.
Le servía como ejemplo la vida de su padre: "A fines del siglo pasado vino jovencito a la República Argentina. Aquí no contaba ni con parientes ni con amigos, pero disponía de un carácter decidido, de una voluntad de hierro y de una honradez insobornable. Trabajó, fue todo lo que hizo. A los cincuenta años, ya casado con una argentina, ya padre de siete hijos, se retiró de los negocios y vivió de rentas. Contribuyó al progreso de un pueblecito en los alrededores de Buenos Aires y en 1949 murió ignorando qué eran la viveza, la especulación, el engaño, la usura. Que hoy su biografía nos parezca un cuento de hadas ¿no merece ninguna reflexión?" Era otra sociedad, que, según Denevi, habíamos empeorado.
Su conciencia lúcida buscó esclarecer problemas, develar embustes, plantear dudas. Afrontó esa tarea con vigor ciudadano en artículos en La Nación, que combinaban sinceridad, equilibrio y fuerza. Para Syria Poletti, entrañable amiga del escritor, su mayor mérito era el "constante empeño por convertir la palabra en elemento capaz de producir la erosión de las escorias que nos aplastan".
Inquietud ciudadanaAlgunos títulos de sus artículos, largos y sesudos, dan idea de sus preocupaciones ciudadanas: "Los monarcas de la República", "¿Gobernantes cuerdos o gobernantes locos?", "Me gusta ser argentino", "El argentinglés y otras amenidades" (sobre la creciente influencia inglesa en el idioma) o "Perplejidades de un argentino apolítico", en el cual decía que no era hombre de partido, y afirmaba: "Mi único proselitismo es en favor de la democracia". En 1990 fue presidente honorario del Consejo de Ciudadanos, entidad que promovió para incentivar la inquietud cívica.
Reconocido sobre todo por "Rosaura a las diez", tuvo sin embargo una prolífica producción.
Aunque no quiso ser dramaturgo, una obra suya, "Los expedientes" (1957), ganó el premio Nacional de Teatro, y dio a luz "El emperador de la China" (1959) y "El cuarto de la noche" (1962). Otras obras suyas son las novelas y cuentos "Un pequeño café" (1967), "Manuel de historia" (1985), "Enciclopedia secreta de una familia argentina" (1986), "Hierba del cielo" (1991), "El jardín de las delicias" (1992) y "El amor es un pájaro rebelde" (1993).
Con María Angélica Bosco escribió el guión de un programa de televisión: "División homicidios". En 1986 comentó que hacía 18 años que vivía de lo que escribía, "lo que en estos tiempos ya es bastante".
"Me valgo de la ironía en la novela como la uso en la vida -admitió alguna vez-: para disimular que soy un sentimental, un blando de corazón, alguien a quien resulta fácil conmover."
Por voluntad del escritor no habrá sepelio. Sus restos serán cremados hoy, a las 11, en la Chacarita, donde hablarán María Angélica Bosco, por sus amigos, y Antonio Requeni, por la Academia Argentina de Letras.
Leer: un goce, una felicidad"¿Qué condiciones debe reunir una novela para atraer al lector?", le preguntó a Denevi una vez María Esther Vázquez. "Que la lectura sea una felicidad", le contestó.
"Mi mayor ambición es que el acto de la lectura sea de disfrute, de goce para quienes me leen -dijo en una entrevista hace poco más de un mes-. En estos tiempos en que tanto dolor y humillaciones nos inferimos unos a otros, hacer feliz a alguien es tan hermoso... A mí no me importa más que eso."
Y señalaba que no pasaba de cinco mil lectores fieles, "que no me harán rico, pero me hacen feliz".
"Vivo de lo que escribo, pero no todo lo que escribo es literatura. Incluyo periodismo, guiones de televisión y de cine, y no incluyo cartas pidiendo dinero porque no las escribo", dijo en 1986.
Y era un persistente autor de cartas de lectores, de las que el archivo de La Nación es fiel testigo. Buscaba así un diálogo con otros lectores, un despertar de las conciencias.
escritor agudo e irónico, murió a los 76 años
El autor de "Rosaura a las diez" falleció ayer en esta ciudad, víctima de una larga enfermedad; la originalidad de su obra le valió el reconocimiento internacional
Cuentista brillante, pensador agudo e irónico, hombre retraído de las fiestas literarias, Marco Denevi, fallecido ayer a los 76 años, se abrió paso en las letras argentinas hasta ocupar un lugar relevante por la originalidad y la madurez de sus obras, y no por la publicidad personal, a la que era particularmente reacio.
A los 33 años, irrumpió en el mundo literario con "Rosaura a las diez", una novela policial en la que introduce el perspectivismo, por el cual cada protagonista narra la misma historia desde su propio enfoque, su particular punto de vista.
Un jurado de excepcional nivel -Rafael Alberto Arrieta, Roberto F. Gisuti, Frida Schultz de Mantovani, Alvaro Melián Lafinur y Manuel Mujica Lainez- reparó en la narración sorprendente de un escritor primerizo, un abogado que se desempeñaba en el área legal de la Caja Nacional de Ahorro Postal.
Ese jurado le otorgó el premio Kraft, que tuvo una enorme repercusión en los medios periodísticos y en muchos ámbitos de la sociedad.
Pocos años después, en 1960, el cuento "Ceremonia secreta" ganó entre 3000 concursantes el premio de la revista Life en español para escritores latinoamericanos.
Ese relato fue traducido al inglés, al francés, al italiano, al japonés y a otros idiomas, y en 1968 fue llevado al cine por Joseph Losey, en Hollywood. La versión cinematográfica fue protagonizada por Elizabeth Taylor, Robert Mitchum y Mia Farrow.
"Rosaura a las diez" también fue llevada al cine por Mario Soffici en una versión en la que se destacaron Susana Campos y Juan Verdaguer.
El Kraft y el Life, que lo hicieron conocido en el país y en el mundo, fueron los únicos premios a los que se presentó Denevi. Recibiría muchos otros, como el de la Comisión de la Manzana de las Luces, que le llegaron sin buscarlos.
Música y lecturaMarco Denevi había nacido en Sáenz Peña, provincia de Buenos Aires, el 12 de mayo de 1922. Desde chico sintió una fuerte vocación por la música -tocaba muy bien el piano- y la lectura.
Cuando se incorporó a la Academia Argentina de Letras, en 1987, agradeció a sus padres que en sus manos de chico "depositaron un billete de un viaje que desde entonces no ha dejado de emprender: el de la lectura, con un atracón, a los 12 años, de Stevenson, Dumas, Pérez Galdós..."
En sus artículos periodísticos, en los que enfocó con coraje y fervor ciudadano problemas de la sociedad, como las fallas en la representación política, la corrupción, la burocracia o los excesos de "viveza criolla", dejó traslucir su respeto por valores que vio vivir en su casa y en el medio circundante y cuya erosión y decadencia en la vida argentina no dejó de lamentar.
Le servía como ejemplo la vida de su padre: "A fines del siglo pasado vino jovencito a la República Argentina. Aquí no contaba ni con parientes ni con amigos, pero disponía de un carácter decidido, de una voluntad de hierro y de una honradez insobornable. Trabajó, fue todo lo que hizo. A los cincuenta años, ya casado con una argentina, ya padre de siete hijos, se retiró de los negocios y vivió de rentas. Contribuyó al progreso de un pueblecito en los alrededores de Buenos Aires y en 1949 murió ignorando qué eran la viveza, la especulación, el engaño, la usura. Que hoy su biografía nos parezca un cuento de hadas ¿no merece ninguna reflexión?" Era otra sociedad, que, según Denevi, habíamos empeorado.
Su conciencia lúcida buscó esclarecer problemas, develar embustes, plantear dudas. Afrontó esa tarea con vigor ciudadano en artículos en La Nación, que combinaban sinceridad, equilibrio y fuerza. Para Syria Poletti, entrañable amiga del escritor, su mayor mérito era el "constante empeño por convertir la palabra en elemento capaz de producir la erosión de las escorias que nos aplastan".
Inquietud ciudadanaAlgunos títulos de sus artículos, largos y sesudos, dan idea de sus preocupaciones ciudadanas: "Los monarcas de la República", "¿Gobernantes cuerdos o gobernantes locos?", "Me gusta ser argentino", "El argentinglés y otras amenidades" (sobre la creciente influencia inglesa en el idioma) o "Perplejidades de un argentino apolítico", en el cual decía que no era hombre de partido, y afirmaba: "Mi único proselitismo es en favor de la democracia". En 1990 fue presidente honorario del Consejo de Ciudadanos, entidad que promovió para incentivar la inquietud cívica.
Reconocido sobre todo por "Rosaura a las diez", tuvo sin embargo una prolífica producción.
Aunque no quiso ser dramaturgo, una obra suya, "Los expedientes" (1957), ganó el premio Nacional de Teatro, y dio a luz "El emperador de la China" (1959) y "El cuarto de la noche" (1962). Otras obras suyas son las novelas y cuentos "Un pequeño café" (1967), "Manuel de historia" (1985), "Enciclopedia secreta de una familia argentina" (1986), "Hierba del cielo" (1991), "El jardín de las delicias" (1992) y "El amor es un pájaro rebelde" (1993).
Con María Angélica Bosco escribió el guión de un programa de televisión: "División homicidios". En 1986 comentó que hacía 18 años que vivía de lo que escribía, "lo que en estos tiempos ya es bastante".
"Me valgo de la ironía en la novela como la uso en la vida -admitió alguna vez-: para disimular que soy un sentimental, un blando de corazón, alguien a quien resulta fácil conmover."
Por voluntad del escritor no habrá sepelio. Sus restos serán cremados hoy, a las 11, en la Chacarita, donde hablarán María Angélica Bosco, por sus amigos, y Antonio Requeni, por la Academia Argentina de Letras.
Leer: un goce, una felicidad"¿Qué condiciones debe reunir una novela para atraer al lector?", le preguntó a Denevi una vez María Esther Vázquez. "Que la lectura sea una felicidad", le contestó.
"Mi mayor ambición es que el acto de la lectura sea de disfrute, de goce para quienes me leen -dijo en una entrevista hace poco más de un mes-. En estos tiempos en que tanto dolor y humillaciones nos inferimos unos a otros, hacer feliz a alguien es tan hermoso... A mí no me importa más que eso."
Y señalaba que no pasaba de cinco mil lectores fieles, "que no me harán rico, pero me hacen feliz".
"Vivo de lo que escribo, pero no todo lo que escribo es literatura. Incluyo periodismo, guiones de televisión y de cine, y no incluyo cartas pidiendo dinero porque no las escribo", dijo en 1986.
Y era un persistente autor de cartas de lectores, de las que el archivo de La Nación es fiel testigo. Buscaba así un diálogo con otros lectores, un despertar de las conciencias.
escritor agudo e irónico, murió a los 76 años
El autor de "Rosaura a las diez" falleció ayer en esta ciudad, víctima de una larga enfermedad; la originalidad de su obra le valió el reconocimiento internacional
Cuentista brillante, pensador agudo e irónico, hombre retraído de las fiestas literarias, Marco Denevi, fallecido ayer a los 76 años, se abrió paso en las letras argentinas hasta ocupar un lugar relevante por la originalidad y la madurez de sus obras, y no por la publicidad personal, a la que era particularmente reacio.
A los 33 años, irrumpió en el mundo literario con "Rosaura a las diez", una novela policial en la que introduce el perspectivismo, por el cual cada protagonista narra la misma historia desde su propio enfoque, su particular punto de vista.
Un jurado de excepcional nivel -Rafael Alberto Arrieta, Roberto F. Gisuti, Frida Schultz de Mantovani, Alvaro Melián Lafinur y Manuel Mujica Lainez- reparó en la narración sorprendente de un escritor primerizo, un abogado que se desempeñaba en el área legal de la Caja Nacional de Ahorro Postal.
Ese jurado le otorgó el premio Kraft, que tuvo una enorme repercusión en los medios periodísticos y en muchos ámbitos de la sociedad.
Pocos años después, en 1960, el cuento "Ceremonia secreta" ganó entre 3000 concursantes el premio de la revista Life en español para escritores latinoamericanos.
Ese relato fue traducido al inglés, al francés, al italiano, al japonés y a otros idiomas, y en 1968 fue llevado al cine por Joseph Losey, en Hollywood. La versión cinematográfica fue protagonizada por Elizabeth Taylor, Robert Mitchum y Mia Farrow.
"Rosaura a las diez" también fue llevada al cine por Mario Soffici en una versión en la que se destacaron Susana Campos y Juan Verdaguer.
El Kraft y el Life, que lo hicieron conocido en el país y en el mundo, fueron los únicos premios a los que se presentó Denevi. Recibiría muchos otros, como el de la Comisión de la Manzana de las Luces, que le llegaron sin buscarlos.
Música y lecturaMarco Denevi había nacido en Sáenz Peña, provincia de Buenos Aires, el 12 de mayo de 1922. Desde chico sintió una fuerte vocación por la música -tocaba muy bien el piano- y la lectura.
Cuando se incorporó a la Academia Argentina de Letras, en 1987, agradeció a sus padres que en sus manos de chico "depositaron un billete de un viaje que desde entonces no ha dejado de emprender: el de la lectura, con un atracón, a los 12 años, de Stevenson, Dumas, Pérez Galdós..."
En sus artículos periodísticos, en los que enfocó con coraje y fervor ciudadano problemas de la sociedad, como las fallas en la representación política, la corrupción, la burocracia o los excesos de "viveza criolla", dejó traslucir su respeto por valores que vio vivir en su casa y en el medio circundante y cuya erosión y decadencia en la vida argentina no dejó de lamentar.
Le servía como ejemplo la vida de su padre: "A fines del siglo pasado vino jovencito a la República Argentina. Aquí no contaba ni con parientes ni con amigos, pero disponía de un carácter decidido, de una voluntad de hierro y de una honradez insobornable. Trabajó, fue todo lo que hizo. A los cincuenta años, ya casado con una argentina, ya padre de siete hijos, se retiró de los negocios y vivió de rentas. Contribuyó al progreso de un pueblecito en los alrededores de Buenos Aires y en 1949 murió ignorando qué eran la viveza, la especulación, el engaño, la usura. Que hoy su biografía nos parezca un cuento de hadas ¿no merece ninguna reflexión?" Era otra sociedad, que, según Denevi, habíamos empeorado.
Su conciencia lúcida buscó esclarecer problemas, develar embustes, plantear dudas. Afrontó esa tarea con vigor ciudadano en artículos en La Nación, que combinaban sinceridad, equilibrio y fuerza. Para Syria Poletti, entrañable amiga del escritor, su mayor mérito era el "constante empeño por convertir la palabra en elemento capaz de producir la erosión de las escorias que nos aplastan".
Inquietud ciudadanaAlgunos títulos de sus artículos, largos y sesudos, dan idea de sus preocupaciones ciudadanas: "Los monarcas de la República", "¿Gobernantes cuerdos o gobernantes locos?", "Me gusta ser argentino", "El argentinglés y otras amenidades" (sobre la creciente influencia inglesa en el idioma) o "Perplejidades de un argentino apolítico", en el cual decía que no era hombre de partido, y afirmaba: "Mi único proselitismo es en favor de la democracia". En 1990 fue presidente honorario del Consejo de Ciudadanos, entidad que promovió para incentivar la inquietud cívica.
Reconocido sobre todo por "Rosaura a las diez", tuvo sin embargo una prolífica producción.
Aunque no quiso ser dramaturgo, una obra suya, "Los expedientes" (1957), ganó el premio Nacional de Teatro, y dio a luz "El emperador de la China" (1959) y "El cuarto de la noche" (1962). Otras obras suyas son las novelas y cuentos "Un pequeño café" (1967), "Manuel de historia" (1985), "Enciclopedia secreta de una familia argentina" (1986), "Hierba del cielo" (1991), "El jardín de las delicias" (1992) y "El amor es un pájaro rebelde" (1993).
Con María Angélica Bosco escribió el guión de un programa de televisión: "División homicidios". En 1986 comentó que hacía 18 años que vivía de lo que escribía, "lo que en estos tiempos ya es bastante".
"Me valgo de la ironía en la novela como la uso en la vida -admitió alguna vez-: para disimular que soy un sentimental, un blando de corazón, alguien a quien resulta fácil conmover."
Por voluntad del escritor no habrá sepelio. Sus restos serán cremados hoy, a las 11, en la Chacarita, donde hablarán María Angélica Bosco, por sus amigos, y Antonio Requeni, por la Academia Argentina de Letras.
Leer: un goce, una felicidad"¿Qué condiciones debe reunir una novela para atraer al lector?", le preguntó a Denevi una vez María Esther Vázquez. "Que la lectura sea una felicidad", le contestó.
"Mi mayor ambición es que el acto de la lectura sea de disfrute, de goce para quienes me leen -dijo en una entrevista hace poco más de un mes-. En estos tiempos en que tanto dolor y humillaciones nos inferimos unos a otros, hacer feliz a alguien es tan hermoso... A mí no me importa más que eso."
Y señalaba que no pasaba de cinco mil lectores fieles, "que no me harán rico, pero me hacen feliz".
"Vivo de lo que escribo, pero no todo lo que escribo es literatura. Incluyo periodismo, guiones de televisión y de cine, y no incluyo cartas pidiendo dinero porque no las escribo", dijo en 1986.
Y era un persistente autor de cartas de lectores, de las que el archivo de La Nación es fiel testigo. Buscaba así un diálogo con otros lectores, un despertar de las conciencias.

Mica Szejman
2ºJ